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Declaración del Bicentenario
Conmemoramos el Bicentenario de la Argentina sin evocar un pasado
mítico pero sabiendo que en los pliegues de su historia persisten
memorias de un país para todos, muchas veces extraviado en su propio
laberinto y otras arrojado a los poderes de la injusticia. De un
país que supo de apasionadas escrituras libertarias y que guarda en
sus fibras los nombres propios de los hombres y las mujeres que
buscaron construir, individual y colectivamente, los trazos de otra
patria. La que buscamos en los signos de esta época que ofrece la
posibilidad cierta y urgente de encontrarnos con lo mejor de las
tradiciones ancladas en los ideales de igualdad, libertad, justicia
y soberanía. Ése es el mayo que nos urge desde hace 200 años.
De la Argentina de las luchas emancipatorias quedan los rastros de
los esfuerzos políticos, de los trastrocamientos sociales, de la
ruptura del orden colonial, pero también la memoria de lo
irresuelto, de las promesas no realizadas, de lo popular sin
redención. Es en los hilos de lo pendiente, en la memoria de las
voluntades, que pronunciamos el nombre de Argentina, en este
Bicentenario.
No lo hacemos en la Argentina del Centenario, ese espejo virtual que
los poderes actuales instalan en el lugar de Paraíso Perdido. En
aquella Argentina un futuro que se imaginaba dorado, sobre la base
de los ganados y las mieses, se proyectaba bajo la égida de un
Estado excluyente, con las mayorías silenciadas políticamente y con
un mundo popular asolado por la desdicha. El Centenario fue oropeles
y visitantes extranjeros, tanto como estado de sitio y lucha
callejera. República para pocos y Ley de Residencia. Un modelo de
país agroexportador incapaz de proyectarse con autonomía del Imperio
Británico y de mirarse en otro espejo que no fuera el de un orden
internacional injusto. Jóvenes de clase alta incendiaron un circo
plebeyo para que no altere un paseo tradicional. Esas fogatas
prepararon la Semana Trágica y los fusilamientos de la Patagonia,
expresiones del odio oligárquico que se descargaría cada vez que el
pueblo defendería sus derechos.
No aceptamos volver a la Argentina de 1910. No podemos
identificarnos con un país de la desigualdad, el prejuicio y la
exclusión. Ni con un país diseñado desde la lógica de los intereses
corporativos, que ha venido rapiñando lo público y tratando de
disolver lo mejor de las creaciones colectivas, que dieron forma a
sistemas de educación y salud equitativos. No es nuestra tradición
la que confunde “nación” con “raza” u origen geográfico ni la que
reivindicó como causa nacional la aniquilación de pueblos
originarios y de sus hombres y mujeres, la servidumbre y el despojo
material y cultural, ni estamos dispuestos a tolerar sus abiertas o
embozadas formas de persistencia, ni queremos que se silencien las
voces que desde el fondo de nuestra travesía como nación se
expresaron para avanzar hacia una sociedad más igualitaria. Ni
convertirnos en espectadores que contemplan cómo unos pocos se
complacen en sus riquezas mientras los que producen los bienes
sociales son reprimidos, acallados o expulsados.
No queremos regresar a los fastos de ese Centenario que sigue
persiguiendo como una sombra espectral los sueños de emancipación,
como lo hizo en el 30, en el 55, en el 66 y en el 76. Nuestro
Bicentenario busca reencontrarse con los trazos que fueron dibujando
los sueños de libertad e igualdad del primer Mayo y que debieron
sortear incontables dificultades y las peores pesadillas. Somos ese
país de sueños y de pesadillas. Se trata de recrear, con nuestra
fuerza imaginativa y con inventivas populares, la fuerza
emancipatoria del inicio, sabiéndonos parte de un destino común,
entrelazado con el de los pueblos de toda América Latina, sin los
cuales no puede pensarse un presente ni un futuro.
El Bicentenario es, fundamentalmente, una conmemoración de esas
luchas emancipatorias que en sus mejores momentos tenían menos un
destino nacional que una idea de lo americano. Que tiene su punto de
inicio en la revolución de los esclavos haitianos y se consolida
recién en 1824. Cuando hoy América Latina traza acuerdos y
composiciones, cuando construye Unasur y afianza los acuerdos
políticos y económicos, cuando procura un destino común, vuelve a
proyectarse sobre el fondo de la unidad anunciada en los primeros
gritos libertarios.
La Argentina tiene en su corazón profundo una vida popular que ha
sido gravemente dañada y que es, así y todo, potente y creativa. El
antiguo pueblo del himno ha sido rehecho por dictaduras atroces,
persecuciones violentas, modificaciones profundas de la economía y
el Estado, tecnologías y lenguajes comunicacionales capaces de
generar las condiciones para que un sentido común amasado entre la
dictadura y los años noventa, corroa las fuerzas de nuestra vida
social y cultural e inhiba el diálogo activo con el pasado.
Ha sido reconfigurado y avasallado el pueblo. Y sin embargo, ha sido
y es el sustrato de las resistencias, la potencia creadora de nuevas
formas de vida, de lenguajes, de símbolos, de modos de encuentro, el
horizonte de una real autonomía simbólica y política de la nación.
Ese pueblo tiene múltiples y heterogéneos rostros políticos, se
despliega en organizaciones diversas y en experiencias no siempre
concordantes. Los que aquí manifestamos lo hacemos como parte de ese
pueblo, como parte de las organizaciones en las que se nuclea y se
recrea.
Son los rostros de los trabajadores asalariados y sindicalizados,
herederos de los que un 17 de octubre del 45 le dieron forma a sus
exigencias de justicia y dignidad en una novedosa articulación
política y que en mayo de 1969 hicieron temblar la ciudad de
Córdoba. Son también los rostros sufridos de los desocupados que
intentan recuperar una trama social devastada por el neoliberalismo
y que en los noventa fueron el alma y el cuerpo de las resistencias,
esa parte de los incontables que hoy marchan en pos de la equidad y
el reconocimiento. Son los rostros de los activistas sociales y de
los creadores culturales. Son los rostros de las militancias por los
derechos humanos y de los pacientes articuladores de los barrios.
Son los rostros de los estudiantes que supieron arrojarse a las
luchas populares. Son los rostros de los empresarios comprometidos
con ideales de autonomía nacional y los de los profesores y maestros
que trajinan diariamente por la educación pública. Son los rostros
de los migrantes latinoamericanos que han elegido estas tierras para
construir sus propios sueños y de quienes dan testimonio de la
expoliación a los pueblos originarios y de la defensa de sus
derechos. Y recuerdan que sólo una América Latina de nuevas
solidaridades podría alojar esas diferencias sin diluirlas en el
relativismo cultural ni trasvasarlas a persistentes racismos. Son
los rostros de la desdicha, del temor ante el peligro, de la alegría
por la reunión y la voluntad colectiva.
La conmemoración del Bicentenario no puede desligarse de la
consideración de ese pueblo que encuentra en estos días una remozada
capacidad de movilización callejera y reconocimiento público. El
futuro de la Argentina depende de la atenta vigilia popular, una
vigilia hecha de alerta y compromiso, de reacción frente al peligro
y de entusiasmos compartidos. Mucho se ha hecho en estos años del
siglo XXI para restañar la vida popular dañada. Todos deben saber
-todas las dirigencias políticas y sociales- que ningún retroceso es
aceptable. Que este pueblo tiene compromisos profundos con las
transformaciones realizadas y las faltantes y que encontrará en la
memoria de sus luchas pasadas y en las necesidades del presente, la
fuerza para resistir cualquier intento de restauración conservadora.
No hay vuelta atrás que pueda resultarnos tolerable. No hay
interrupción que consideremos viable. La Argentina actual, capaz de
enjuiciar los crímenes del pasado y generar políticas de reparación
para las desigualdades contemporáneas, no puede ser suprimida por
los agentes de la reacción.
Deben ser conjuradas las maniobras de quienes conspiran en las
sombras y agitan desde los espacios mediáticos. Pero también
resguardar al país de la corrosión de sus lenguajes y de una
sensibilidad social, cultural y política menguada en sus capacidades
críticas y creativas, como de los condicionamientos en los modos de
vida y de pensamiento impuestos por las culturas imperiales. Sabemos
que no se sale indemne de las heridas infringidas por los poderes de
la dominación y que las diversas formas de la injusticia, la
humillación y la fragmentación marcaron a fuego el tejido social.
Pero también percibimos que algo poderoso vuelve a manifestarse en
la patria de todos. En la particular situación de América Latina en
estos inicios del siglo XXI, este pueblo, hecho de memoria y de
presente, escrito su cuerpo por las mil escrituras de la
resistencia, las derrotas y los sueños, tiene la potencia de
realizar ese llamado ante los peligros y la afirmación de su
resistencia ante toda forma de la devastación.
El estado de este pueblo es, hoy, la vigilia: apuesta a la defensa
de las reparaciones alcanzadas y a la perseverante insistencia en lo
pendiente. Si es capaz de mirar al pasado de la nación e inspirarse
en la épica americanista de los revolucionarios de mayo, lo hará
porque su realización está en las señales del presente y en la
apuesta al futuro. Tiene ante sí el desafío de dar lugar a lo nuevo
que surge y de contribuir a que se extiendan y fortalezcan los modos
en que los argentinos deciden vivir su libertad para afianzar la de
todos. Estamos convocando a un acto de emancipación, capaz no sólo
de enfrentar las trabas que interponen, ayer como hoy, los intereses
poderosos, sino de proponer nuevas soluciones imaginativas y nuevos
objetivos que estén a la altura de una sociedad enfrentada al
desafío acuciante de ser más equitativa. Y a través del ejercicio de
la libertad, de la participación y de la movilización, a llevar a
cabo las grandes tareas pendientes, particularmente las que conducen
a enfrentar las desigualdades sociales que persisten como una llaga
que no se cierra – tareas cuyas señales han sido dadas en estos
últimos tiempos-. Un mayo de la equidad y de la igualdad, un mayo en
el que la riqueza sea mejor distribuida entre todos los habitantes
de esta tierra.
Por todo esto convocamos, con el entusiasmo y la pasión que emanan
de nuestra historia compartida, a emprender las transformaciones
estructurales y culturales que se necesitan para contrarrestar el
saldo de décadas de deterioro y desguace, y avanzar hacia nuevos
modos de relación entre los ciudadanos, la política y el Estado. Los
hombres de Mayo tuvieron ante sí el dilema de construir una sociedad
despojada de la herencia colonial. Lo hicieron en parte y la
situación de América Latina exige la continuidad de ese esfuerzo.
Como para ellos antes, para nosotros hoy no hay retroceso tolerable
y sí un enorme desafío histórico: la construcción de una sociedad
emancipada y justa.
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